¿A qué vino Sodano a Chile?. Reflexiona Enrique Moreno Laval sscc
El nos cuenta cómo era la relación del Cardenal Silva Heriquez con este personaje del Vaticano; de su venida a Chile; por cierto no fue invitado por Monseñor Errázuriz sino por un grupo de empresarios que mantienen una Fundación con el nombre de Juan Pablo II.
ENRIQUE ESCRIBE:
Poco a poco, la visita del cardenal Angelo Sodano a nuestro país, quien fuera Nuncio del Vaticano en Chile entre 1978 y 1988, no ha pasado inadvertida. Día tras día se han ido expresando más análisis, más comentarios, más reflexiones. Algunos comentarios de pasillo, más pudorosos, especialmente de parte de los eclesiásticos (la “parte clero”, diría Pinochet) y otros más públicos, como artículos de prensa. Todo quizás como respuesta a una pregunta que también a mí se me ha formulado más de una vez: “¿a qué vino Sodano?”
En un principio, me ha costado enhebrar una respuesta, porque a ciencia cierta no sé a qué ha venido. Bueno… objetivamente ha venido a sumarse (y, en cierto modo, a encabezar) la celebración de los cien años del natalicio de otro cardenal, el chileno Raúl Silva Henríquez; pero la pregunta que se me hace apunta, claramente, hacia una intención más de fondo. En este sentido, vuelvo a decir honestamente que no sé mucho, pero que estoy dispuesto a estudiar el tema.
Angelo & Raúl
Literalmente, con este título, Angelo & Raúl, el periodista y escritor Pablo Azócar (El Mostrador, 29 de septiembre) encabeza un comentario sobre la visita del cardenal Sodano, gesto inserto en “el arte de la diplomacia”, que “es el arte de las omisiones, las elipsis y los silencios”. Pero respecto del cual Sodano habría perdido todas las formas, de una manera incluso “bestial”, al participar con tanta solemnidad y desparpajo en este homenaje al cardenal Silva. ¿Por qué esta apreciación de Azócar? Por la convicción que tiene de la enemistad histórica existente entre ambos cardenales. Y lo expresa así: “Fueron varios los testigos y muchos los autores que han documentado el episodio de mayo de 1983, cuando un humillado Raúl dejó el cargo de arzobispo de Santiago cerrando con un portazo ante las narices impertérritas de Angelo. Cristalizaba allí, físicamente, una lucha sin cuartel de muchos años”.
Quienes conocimos a don Raúl (personalmente, recibí de sus manos la ordenación sacerdotal), siempre supimos de la evolución de su pensamiento y de su actitud, en progresiva y abierta resistencia a un sistema que no tardó en combatir. Cuando las cosas las tuvo claras no dudó, no temió, y acompañado y fortalecido por sus más cercanos colaboradores dio pasos de audacia que agradeceremos siempre. Su lema episcopal lo había tomado de un apasionado texto del apóstol Pablo, que dice: “El amor de Cristo nos urge”; y a nadie le cupo duda de que de aquí provenía su lucidez y su coraje. ¿Cómo no recordar, por ejemplo, que cuando la dictadura exige cerrar el ecuménico Comité pro Paz el cardenal ya estaba, urgido, creando por su cuenta y riesgo la Vicaría de la Solidaridad?
Lo vi llorar, a sollozos, cuando a un grupo de sacerdotes de Santiago nos contaba cómo había recibido la visita de un capellán militar armado con una metralleta. “Una pistola de este porte”, nos dijo textualmente; después de lo cual se quebró. Entonces dijo: “Perdónenme, pero soy sólo un hombre”. Y desde el fondo, un sacerdote hizo escuchar su voz: “¡Todo un hombre, señor cardenal!” Vino al aplauso cerrado que ahogó a duras penas el llanto del cardenal. Enseguida nos instó a que “escondiéramos gente en nuestras casas, protegiéramos a los perseguidos, asiláramos a los amenazados de muerte, defendiéramos la vida”.
Comenta Pablo Azócar: “El hombre de la sonrisa belfa (Angelo) tuvo enfrentamientos duros con Raúl”, y expone algunos argumentos que fundamentan su afirmación. Pero, en contraste, recoge en la prensa la declaración del cardenal Sodano al aterrizar en Pudahuel: “No sé quién habrá inventado la mentira de que tuvimos roces con Raúl, sé que en Chile no hay mentirosos”. Más adelante, agrega Azócar: “Conmovido, (Sodano) le agradeció a Francisco Javier Errázuriz ‘la invitación a presidir la ceremonia’ de celebración de los cien años del nacimiento de Raúl”.
Los verdaderos anfitriones de Sodano
En realidad, no fue propiamente el cardenal Errázuriz quien invitó a Chile al cardenal Sodano. Lo invitó la Fundación Juan Pablo II, institución fundada oficialmente por el cardenal Fresno, sucesor inmediato de Silva Henríquez, pero creada de hecho por un grupo de empresarios chilenos de gran poder económico y de una muy cercana amistad con el cardenal Sodano. Entre ellos, Anacleto Angelini, Ricardo Claro, José Luis Del Río, Eliodoro Matte, Jorge Matetic y Jorge Yarur. La Fundación nació en octubre de 1987, meses después de la visita del Papa a Chile, y por lo tanto en este mes está cumpliendo 20 años, los mismos que aquella visita. ¿Sería ésta la “ocasión” de la invitación al amigo Sodano, que “curiosamente” vino a coincidir con la celebración de los cien años del natalicio del cardenal Silva Henríquez? Alguien me dice: ¿Habrán querido agradecerle por algún “favor concedido” o consolarlo por el término de su carrera vaticana? Y sonrío, pero me quedo pensando.
¿Qué podía hacer entonces el episcopado chileno ante tal hecho ya consumado por otros? “Nada”, me dice una persona cercana al arzobispado de Santiago, “es decir, ninguna otra cosa que sumarse al hecho, le gustara o no le gustara al arzobispo y al episcopado”. De este modo, Francisco Javier Errázuriz, cardenal arzobispo de Santiago, debió ceder la presidencia de la celebración al cardenal Angelo Sodano en un gesto que para muchos resultó totalmente insólito. “El episcopado se sintió de verdad entrampado”, me dice otra fuente, “tanto que hubo obispos que explícitamente no quisieron participar en la celebración en la catedral de Santiago”.
La indignación de varios o de muchos
En una declaración pública firmada por varios particulares y algunas instituciones (También somos Iglesia, Comunidad Ecuménica Martin Luther King, Reflexión y Liberación, Comunidades Juan XXIII, Crónica Digital y Red Latinoamericana de Derechos Humanos), se denuncia con fuerza la “amistad íntima” que tuvo el cardenal Sodano con el dictador Augusto Pinochet durante los diez años en que Sodano fue Nuncio en Chile. Pero más que eso le reprochan al cardenal el hecho “de guardar silencio ante la detención y asesinato de los sacerdotes Joan Alsina, Miguel Woodward, Antonio Llidó, Gerardo Poblete y André Jarlan”.
Agregan: “Expresamos nuestra opinión para que cada persona, desde su conciencia, tenga en cuenta todos los hechos que han rodeado a este polémico Cardenal. Lo hacemos por amor al Evangelio y si calláramos nos haríamos cómplices de episodios graves y dolorosos de nuestra historia reciente. También, por respeto al testimonio y martirio de tantos hermanos nuestros que sufrieron la indiferencia y la persecución”. Lo acusan, además, de ejercer “una acción perturbadora que se hizo notar al interior de la Conferencia Episcopal”. En concreto, refieren: “Cuando los obispos entregaron el documento El Renacer de Chile, el 17/12/1982 y señalaban proféticamente lo que afectaba al país en plena represión de la dictadura, la crisis económica, social, institucional y moral, desde la Nunciatura hubo quejas por el modo de exponer el capítulo ‘crisis moral’, que denunciaba: los atropellos a la dignidad humana, la pena del exilio, apremios injustos contra detenidos, el liberalismo económico desenfrenado, especulación en vez de trabajo honrado, el derroche junto a la miseria y la pérdida de valores”.
La declaración no sólo alude a las situaciones relacionadas con la defensa de los derechos humanos sino también a otras relacionadas con los nombramientos de obispos en Chile, con el apoyo a sectores más conservadores de la Iglesia y con los conflictos suscitados durante la visita del Papa a nuestro país. Tampoco quedan fuera de esta lista las gestiones de Sodano, ya Secretario de Estado del Vaticano, en favor de Pinochet durante su detención en Londres y su cariñosa carta al matrimonio Pinochet Hiriart con motivo de sus bodas de oro.
Cosa de cardenales
El abogado y columnista de opinión Carlos Peña (El Mercurio, 30 de septiembre) entró con su acostumbrada agudeza en el meollo de este mismo tema. Con el título Cosa de cardenales, señala que “la celebración de los cien años del nacimiento del cardenal Silva Henríquez hizo recordar la vieja pugna que tuvo con Sodano. Es la ambigüedad de la Iglesia, que se mueve entre el fervor por la justicia, la defensa de valores abstractos vinculados a la vida íntima y la delectación del poder”. Al día siguiente de la publicación de este texto, un sabio sacerdote de casi 90 años me dijo: “Es duro… Pero algo peor: es verdad”.
Peña asume, en primer lugar, con admiración y entusiasmo la vida y obra de Silva Henríquez. Su deseo de cambiar el mundo, de anticipar el futuro, sin miedo al escándalo, entregando tierras de la Iglesia a los campesinos junto al obispo Manuel Larraín, su apoyo irrestricto al Concilio Vaticano II, su papel favorable a la reforma de la Universidad Católica, su defensa apasionada de la vida y de los derechos humanos. En todo esto, dice Peña: “Él (Sodano) y Silva Henríquez no pudieron ser más distintos”.
Así como es generoso con el cardenal Silva, Peña es durísimo con el cardenal Sodano. Dejando de lado algunas alusiones más personales del columnista, éste analiza las diversas estrategias que animaban a uno y otro cardenal: “Silva Henríquez, inflamado por la fe y orientado, cuando fue imprescindible, por una estricta ética de la convicción. Sodano, en cambio, el epítome del cálculo y del sentido de estado”. A ambos los movía el poder, agrega Peña, pero de forma diferente: Silva, “a pesar de su sentido del poder, se reveló como un pastor que, acicateado por la fe, quería cambiar el mundo”; Sodano, “capaz de comulgar, si fuera necesario para el poder de la Iglesia, con ruedas de carreta o con algo peor”. Es duro decirlo.
El narcisismo y el poder
Quizás sea la hora de aplicar aquello que decía el obispo Gonzalo Duarte cuando, encabezando la delegación chilena en Aparecida, y haciéndose eco de las críticas provenientes desde fuera de la Iglesia, dijo en parte de su discurso a la asamblea: “Debemos escuchar lealmente a nuestros detractores para discernir cuánto de verdad hay en su crítica. Y revisar, a la luz del Evangelio, nuestro estilo de vida y de acción, como también el contenido y la pedagogía de nuestra pastoral”.
Es hora de escuchar, de analizar, de discernir, de buscar cuánto hay de verdad. Lealmente. Lúcidamente. Y esto nos lleva, en el contexto de este tema, a preguntarnos por el tema del poder en la Iglesia. Hace sólo unos días, tuve oportunidad de participar en la charla de un psiquiatra en la que aludía a algunas características de nuestra sociedad. Habló de la cultura actual y la calificó de “narcisista”. Explicó enseguida que “el narciso no es aquél que se ama a sí mismo sino aquel que engrandece su yo, despreciando a los demás. Se cree omnipotente”. Agregó: “La cultura narcisista, vinculada al poder, atraviesa todos los sistemas de la sociedad, incluida la Iglesia”.
Me he quedado pensando en esta última afirmación con evidente preocupación, porque soy hombre de esta Iglesia. ¿La Iglesia contaminada por la estructura narcisista de la sociedad? ¿Y de qué forma está siendo contaminada? ¿La Iglesia aferrada al poder, sobre todo a aquel que antes tenía? ¿Una Iglesia temerosa de ser cuestionada, que ante las turbulencias reacciona con cerrazón y rigidez, con limitaciones a la libertad de opinión y de expresión, con escasa participación real de sus bases? Aún más, ¿una Iglesia que está dispuesta a todo, por ejemplo a mentir, con tal de guardar aquellas formas que le ayuden a preservar el poder? Me duele el alma, tan sólo preguntármelo.
Miro a Jesús, escudriño en el Evangelio, y no encuentro otro poder que el servicio, el servicio simple y humilde, con privilegio para los pobres, los desposeídos y los excluidos. Y junto al servicio, la verdad, como Jesús: “sí, sí; no, no”. Es el poder-servicio. Aquel que hizo que la gente, al mirar y admirar a Jesús, dijera: “Éste sí nos enseña con autoridad y no como nos enseñan los maestros que nosotros tenemos”. En la Iglesia y con la Iglesia no quisiera transar jamás esta enseñanza de Jesús. Y esto es lo que más me importa, aunque nunca llegue a saber a qué vino Sodano a Chile.
Enrique Moreno Laval sscc
1 de octubre de 2007