MIREMOS AL PROFETA ELÍAS

Reflexiones


 

1 Rey 19, 4

1 Rey, 19, 11s


¿Qué haces aquí; Elías? esta pregunta Yahveh la dirige dos veces al profeta. Dios insiste, y la pregunta expresa la preocupación de Dios por su profeta. La pregunta, hecha dos veces, marca el comienzo de un proceso pedagógico, de crecimiento y transformación al que Dios quiere invitar al profeta. Es como si Dios lo tomara de la mano para hacerle ver la realidad y el entorno que el profeta últimamente no había visto bien.Recordemos los hechos. El gran profeta Elías había retado al rey y le había reprochado sus errores y pecados. La sequía, anunciada por el profeta, había demostrado ante todo el pueblo que los baales no tenían poder. La situación llega al climax en el monte Carmelo. El profeta provoca una ordalía, un juicio de Dios que termina con la victoria rotunda de Elías. La derrota de los profetas de Baal sella su suerte, Elías y el pueblo entero, borachos por la victoria, pasan a cuchillo a los más de 400 servidores de Baal. Elías parece haber llegado a la cumbre de su carrera y de su poder. Pero el profeta no había pensado en la reina. Ella no aceptará la muerte de los sacerdotes de Baal sin más, y le manda recado que ella quiere la cabeza del profeta. El gran Elías se derrumba, el que había luchado por la causa de Yahveh huye al desierto y se desea la muerte. “Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!” (1 Rey 19, 4). Toda su vida, toda su misión ¡un fracaso! Pero Dios lo ve de otra manera. Envía a su ángel que lo despierta y lo fortalece. Una, dos veces. Dios tiene paciencia con su profeta. Lo despierta, le invita a comer, deja que duerme otro poco y vuelve a intentarlo. Elías se levanta y fortalecido por aquella comida camina 40 días y 40 noches por el desierto hasta el monte de Dios, el Horeb. Elías entra en la cueva. Y Yahveh le pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” El dijo: “Ardo en celo por Yahveh, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela.” (1 Rey 19, 10). El texto termina aquí, pero el profeta parece querer decir: “Ahora te toca a tí. Yo ya hice mi parte, tú tienes que intervenir ahora para salvar al menos al último de tus profetas de la mano de los israelitas infieles que te abandonaron. Es hora de actuar, no ves que soy el último de tus profetas que está sobreviviendo.” Dios no responde a la queja de Elías, lo invita a salir de la cueva y lo confronta con sus imágenes, sus fantasías de Dios. “Le dijo: “Sal y ponte en el monte ante Yahveh.” Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva.” (1 Rey, 19, 11s). Le hubiera gustado a Elías, ver a Dios enfurecido, castigador y vengativo frente a los infieles, interviniendo con relámpagos y truenos. Pero nada, al contrario, solo el susurro de una brisa suave, algo muy tierno y delicado, así Dios se revela a su profeta. Y otra vez le pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” Este responde a la misma pregunta con las mismas palabras. Hay desconcierto e inseguridad en sus palabras. No acaba de comprender, no sabe como interpretar esta nueva experiencia. Y cuando uno no sabe qué hacer, se repite. Nuevamente Dios aparentemente no toma en cuenta su queja, le da una nueva misión: le manda volver, desandar el camino del desierto, volver ahí donde acecha el peligro de parte de la reina, para buscar succesores, también un sucsesor para él mismo. “Anda, vuelve por tu camino hacia el desierto de Damasco. Vete y unge a Jazael como rey de Aram. Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Jazael le hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo. Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron.” (1 Rey 19, 15 ss.). Elías debe darse cuenta cuán equivocado estaba. No era él el último de los que permanecían fieles a Yahveh. Había 7.000 en Israel que no habían doblado las rodillas ante Baal. Y cuando la Biblia usa el número siete quiere decir que son muchos. ¡Cuán encegecido había estado aquella vez en el monte Carmelo, a qué brutalidad lo había arrastrado su fantasía de poder y de éxito, cuando asesinó a los 400 profetas de Baal! ¡Quería profetizar sin haber visto nada!

Y aquí, en el Horeb, Dios lo desafía a aprender a ver en la oscuridad de la cueva y de la noche. En la noche más oscura de su vida, Dios lo invita a desprenderse de su imagen de Dios, de sus fantasías de omnipotencia que había proyectado en Dios, a darse cuenta cuán ciego había sido. La realidad era otra y los planes de Dios eran diferentes.

m.konigstein@sscc.cl

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