Por Enrique Moreno Laval
02 de Junio de 2007
Con el último día del mes de mayo de 2007, concluyó también la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, en la ciudad de Aparecida en Brasil. Del 13 al 31 de mayo, 160 obispos, junto a expertos y observadores invitados, trabajaron intensamente en comisiones y plenarios hasta elaborar un Documento final y un Mensaje final. El documento conclusivo, que recoge las reflexiones y conclusiones de estos días, será presentado al Papa Benedicto XVI el 11 de junio, para que él lo promulgue una vez estudiado y aprobado. Esto podría ocurrir entre los meses de julio y agosto próximos. De dicho Documento sólo se ha hecho público un resumen. El Mensaje final, fechado el 29 de mayo en Aparecida, ha sido difundido con el término de la asamblea. Su contenido es promisorio y vale la pena detenerse en algunos aspectos suyos más relevantes.
Continuidad con Medellín y demás Conferencias
Ya había llamado la atención que los documentos preparatorios a la V Conferencia (el de participación y el de síntesis) no hubiesen mencionado para nada la conferencia de Medellín (1968) que marcó un hito importantísimo en la vida y misión de la Iglesia latinoamericana. Medellín profundizó en la opción evangélica por los pobres, llamó a desarrollar las comunidades eclesiales de base, denunció las estructuras injustas de nuestras sociedades, convocó a una tarea eclesial a favor de la justicia y la paz y dio un sólido fundamento a una reflexión teológica nacida en América Latina desde la experiencia de los pobres y excluidos, la teología de la liberación.
Aparecida se vinculó con todas las conferencias anteriores y, de hecho, recoge temas presentes en todas ellas, incluida desde luego Medellín. “Hemos buscado dar continuidad al camino de renovación recorrido por la Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II y en las anteriores cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe” –señala el Mensaje final de Aparecida. Ya el obispo chileno Gonzalo Duarte había llamado la atención en la asamblea sobre este tema, el 15 de mayo, al señalar que “nos parece indispensable hacer un valiente examen de conciencia respecto de nuestra fidelidad al Evangelio y a los acuerdos y orientaciones de las anteriores Conferencias Generales del Episcopado de América Latina y el Caribe”. No se puede negar que estamos ante un avance, aparentemente menor, pero que esconde un significado que se debe tener en cuenta.
La centralidad de Jesús y el anuncio del Reino
En un lenguaje claro, directo, el Mensaje pone la misión de la Iglesia en el exacto contexto del Reino anunciado por Jesús, en el corazón de la fe, sin insistencias majaderas en algunos temas clásicos de estos tiempos. Para Jesús, el Reino fue la expresión que le permitió delinear lo que Dios quería de la humanidad: la fraternidad, la igualdad, la justicia, la paz, la buena noticia para los pobres, son los valores propios de ese Reino. Dicen los obispos: “En la escuela de Jesús aprendemos una vida nueva dinamizada por el Espíritu Santo y reflejada en los valores del Reino”. En consecuencia, a los discípulos y misioneros se les pide “coherencia entre la fe y la vida, encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad”, en “una decisión clara por Jesús y el Evangelio”. Una precisión cuya importancia debe ser registrada.
Afirmación contundente: la opción por los pobres
La vida amenazada de los pobres es aludida constantemente en el Mensaje final de Aparecida. Para “nuestros pueblos sufrientes por el pecado y todo tipo de injusticias”, se dice, “abrimos caminos de vida y de esperanza”. Y se adopta enseguida un tono particularmente asertivo: “Con firmeza y decisión, continuaremos ejerciendo nuestra tarea profética discerniendo dónde está el camino de la verdad y de la vida; levantando nuestra voz en los espacios sociales de nuestros pueblos y ciudades, especialmente, a favor de los excluidos de la sociedad”. Detrás de este planteamiento aparece la afirmación contundente: “Reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres”.
Enseguida se explicita: “Nos comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de riesgo, ancianos, presos, migrantes. Velamos por el respeto al derecho que tienen los pueblos de defender y promover ‘los valores subyacentes en todos los estratos sociales, especialmente en los pueblos indígenas’ (Benedicto XVI, Discurso Guarulhos No.4). Queremos contribuir para garantizar condiciones de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y trabajo para todos”. Sin duda, una opción contundente.
Apertura al mundo: compromiso con la sociedad
El Mensaje de Aparecida muestra a una Iglesia abierta e interesada por lo que ocurre en América Latina. Hay algunos párrafos que destacan situaciones de las que la Iglesia continental quiere hacerse cargo. Ante la desintegración y la injusticia: “En una sociedad cada vez más plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un mundo más justo, reconciliado y solidario”. Ante la aguda brecha económica y social: “Las agudas diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida”. Ante las frecuentes amenazas a la vida y a su dignidad: “La fidelidad a Jesús nos exige combatir los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico. (…) Invitamos a todos los dirigentes de nuestras naciones a defender la verdad y a velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la dignidad de la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural”.
Ante la corrupción y la violencia: “Ponemos a disposición de nuestros países los esfuerzos pastorales de la Iglesia para aportar en la promoción de una cultura de la honestidad que subsane la raíz de las diversas formas de violencia, enriquecimiento ilícito y corrupción”. Ante el inminente desastre ecológico: “En coherencia con el proyecto del Padre creador, convocamos a todas las fuerzas vivas de la sociedad para cuidar nuestra casa común, la tierra, amenazada de destrucción”. Ante la inequidad en la distribución de los bienes: “Queremos favorecer un desarrollo humano y sostenible basado en la justa distribución de las riquezas y la comunión de los bienes entre todos los pueblos”.
En definitiva, se deduce un modelo de Iglesia abierta al mundo, desafiada por él, interpelada a sumar fuerzas en la búsqueda de respuestas nuevas a los antiguos y nuevos problemas; una Iglesia que no vive de espaldas al mundo, encerrada en sus propios intereses, sino interesada y comprometida por todo lo humano, cuyos actos coherentes todos quisiéramos compartir.
Un paso necesario: autocrítica eclesial
El Mensaje final de Aparecida revela a una Iglesia preocupada por su presencia y proyección en América Latina, que la debe llevar inevitablemente a una autocrítica honesta, a una “seria evaluación” (palabras del obispo Duarte). En un estilo propositivo se deja entrever esta autocrítica eclesial: “Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las parroquias para ser ‘casa y escuela de comunión’, animando y formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base, así como también en las asociaciones de laicos, movimientos eclesiales y nuevas comunidades”. Llama positivamente la atención la expresa mención de las comunidades eclesiales de base, miradas con sospecha por algunos sectores de la Iglesia institucional y escasamente mencionadas en textos oficiales recientes.
Existe conciencia de una cierta ausencia y lejanía de la Iglesia respecto de la gente y de la necesidad de un cambio de actitud pastoral: “Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa”. Al respecto, el mismo obispo Duarte, vicepresidente del episcopado chileno, en su intervención del 15 de mayo, había solicitado también estar atentos a lo que dicen los de fuera de la Iglesia: “Debemos escuchar lealmente a nuestros detractores para discernir cuánto de verdad hay en su crítica. Y revisar, a la luz del Evangelio, nuestro estilo de vida y de acción, como también el contenido y la pedagogía de nuestra pastoral”. Nunca es tarde para mirarse y escuchar.
¿De qué tipo de Misión se trata?
Después de declarar a la Iglesia del continente en “misión permanente”, la V Conferencia, hacia el final de su Mensaje, hace una solemne convocación a una “Gran Misión Continental”, animada por “los mártires, santos y beatos de nuestro continente”. No se dice mucho más de esta Misión, y se echa de menos. Uno queda entonces con preguntas. La pregunta básica es: ¿de qué Misión se trata? Se puede esperar que este afán misionero vaya exactamente en la línea de lo ya destacado en este Mensaje, en el sentido de una proposición del Evangelio de Jesús, de una propuesta de la fe, como un plus para la humanización de la vida, y no de una imposición proselitista que no va con los tiempos de Aparecida.
Teología de la liberación: ¿fin del destierro?
Dejando ya de lado el Mensaje final, señalemos que Sergio Torres, sacerdote chileno y uno de los voceros del grupo de teólogos de la liberación Amerindia, presente en Aparecida de un modo alternativo, señaló que la V Conferencia ha marcado “el fin del destierro” de la teología de la liberación. Lo fundamenta en las buenas relaciones mantenidas durante el curso de la asamblea entre obispos delegados y estos teólogos. Esta opinión fue validada enteramente por el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Madariaga, quien señaló: “No existe una oposición ni un antagonismo; de ninguna manera. Ellos (los teólogos de la liberación) han tenido en todo momento una gran apertura, y nosotros también, y puedo decir que nos mantenemos en contacto”.
Nos podemos quedar finalmente con el optimismo de este obispo tan fiable como es el cardenal Rodríguez Madariaga, quien enfáticamente definió así la tarea de los obispos en Aparecida: “Son pastores que asumen la realidad y la acogen para que los pueblos tengan más vida”; agregando: “La V Conferencia va a dar un resultado estupendo”. Todo indica que podemos permanecer en una optimista aunque atenta espera.
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