Desde el Diario de una vieja niña
Esteban Gumucio Vives, religioso ss.cc. escribió hace muchísimos años” un texto denuncia”el que fue grabado por siempre en nuestra existencia terrenal, se me aparece hoy de frente, me anima a continuar reflexionando lo que significa Vida.
Él declara que enNavidad deberíamos declarar que todo niño es “sujeto de primera necesidad”,
Que asi evitariamos que la miseria económica y moral siga
ofendiendo la vida de millones y millones críos adolescentes en nuestra pobre América Latina. Con fuerza profética anuncia Esteban, que nuestro exacerbado liberalismo individualista y exitosa economía social está exterminando a niñas y niños.
Concuerdo con él, me descentra de mimisma, me hace ver mis apegos de los cuales me aferro que impiden visualizar el horizonte donde habita la humanidad sufriente que no es ajena a mí entorno, cuando muchas veces me precio ser hija de Diós.
Hace que la respire que la encuentre , deja en mi una
inconformidad interpelante; la que se nos hace presente sí
claramente estamos decididos abrir los ojos del corazón a esta realidad inserta en el desprecio humano .
Que por lo demás hace me pregunte una y otra vez si quiero seguir mirando a ese otro no tan distinto a mí.
Carol Crisosto Cádiz.El texto dice:
Navidad nos muestra oleadas de niños echados a la calle.
No hubo para ellos lugar en la posada de Belén.
La situación de nuestros niños y adolescentes pobres no puede esperar. Es cuestión de vida o muerte. Están perdiendo la esperanza de vivir.La drogadicción, el alcoholismo, la prostitución de las niñas, la delincuencia, no son la causa, sino los síntomas de una enfermedad gravísima.
Nuestro liberalismo individualista y exitosa economía está exterminando niños.En Brasil se los asesina. En otros países, incluido el nuestro, los estamos matando de desesperanza. Cualquiera que conoce un poco nuestras poblaciones sabe que muchos niños experimentan desde muy temprano la miseria, el abandono afectivo, la desnutrición y los malos tratos.
Son niños y adolescentes no deseables, descendientes de familias que han sobrevivido, a duras penas, con el sobrante marginal de la vida urbana. Ellos saben que quedarán excluidos del derecho básico a un trabajo digno, que no
podrán educarse ni vivir como en la televisión se presenta a la “gente que vale”. Saben que su único poder es tornarse amenazantes y sospechosos, sin previsión de futuro, disfrutando a como dé lugar el momento presente, pasando la vida en las esquinas de la calle. Algunos creen que basta enseñarles otros valores. No se explican que estos niños, carentes de las ventajas del llamado “orden”, puedan rebelarse contra ese único “orden” que ellos establecen.
Se imaginan que lo que se necesita es una eficiente represión: más cárceles, más carabineros, más redadas humillantes en los barrios pobres. “Así volveremos a la normalidad”, dicen. Si la “normalidad” consiste en que unos pocos se hagan más ricos, sin que se los moleste, entonces ella se consigue con la represión; pero si la
“normalidad” es una “tranquilidad en el orden” (Santo Tomás), es decir, en la justicia y en la caridad, entonces, lo normal sería poseer un hogar en condiciones humanas, padres dignos y capacitados para dar lo necesario: salud,
alimento, educación y descanso de los suyos. Al ver al Niño Jesús en el pesebre, no podemos dejar de pensar en nuestros niños chilenos, que tendrán que enfrentarse a este irrespirable ambiente de injusticia, animalidad sexual, falta
de esperanza, violencia. Cuando es necesario acudir a una operación quirúrgica de emergencia, la familia de corazón bien puesto no espera; hace cualquier sacrificio.En esta Navidad deberíamos declarar que todo niño es “sujeto de primera necesidad”, y evitar que la miseria económica y moral siga ofendiendo la
vida de millones de adolescentes en nuestra pobre América Latina. Navidad nos muestra oleadas de niños echados a la calle. No hubo para ellos lugar en la posada de Belén.Los niños deberían ser la primera prioridad de la nación, los primeros beneficiados por la economía libre, los más privilegiados con los éxitos políticos y financieros Y los últimos en experimentar las consecuencias de los fracasos.
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